El príncipe Esfandiar era invulnerable porque se había bañado en agua sagrada; solo sus ojos, que había mantenido cerrados, podían ser heridos. Su padre, el rey Goshtasp, le prometió el trono si llevaba a Rostam encadenado a la corte. Goshtasp sabía que Rostam nunca lo aceptaría y esperaba en secreto que su hijo muriera en el intento.
Esfandiar y Rostam se respetaban. Rostam se ofreció a acompañarlo por su propia voluntad, pero nunca encadenado. Esfandiar no podía renunciar a su misión. Así que lucharon, y el primer día Rostam y Rajsh quedaron gravemente heridos. Zal quemó una pluma del Simorgh. El ave curó a ambos y mostró a Rostam una rama de tamarisco: con ella debía hacer una flecha y apuntar a los ojos de Esfandiar. Le advirtió que quien matara a Esfandiar no hallaría felicidad ni en este mundo ni en el otro.
Al día siguiente, Rostam volvió a pedir la paz a Esfandiar. Cuando este se negó, Rostam disparó la flecha, que alcanzó a Esfandiar en los ojos. Moribundo, Esfandiar comprendió que su padre lo había enviado a la muerte y confió a su hijo Bahman a Rostam para que lo educara. Muchos consideran esta la historia más profunda del Shahnameh: no hay villano, solo deber, orgullo y una desgracia inevitable.